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jueves, 18 de abril de 2019

El Complot Mongol | Critica

abril 18, 2019 0

Por Eduardo León.

Con títulos como No manches Frida 2, Hellboy, After, Pet sematary, Shazam! y frente a la esperadísima Avengers: Endgame (sí, estas son las películas que acaparan las salas de los duopolios de exhibición en México), pareciese imposible lograr destacar frente a los monstruos comerciales. En este cómico, súper heroico y vació contexto de entretenimiento se estrena El Complot Mongol; una cinta que intenta darle un nuevo respiro al cine mexicano.

La película está basada en la novela del mismo nombre escrita por el historiador y guionista mexicano Rafael Bernal (1915-1972). Sebastián del Amo, quien ha realizado filmes como El fantástico mundo de Juan Orol o la biográfica Cantinflas; es el director que ensambla la producción y el reparto actoral, para presentarnos un drama policial que nos recuerda a carcajadas, la política fallida que 50 años después de la publicación del libro, continúa afectando a México.

Es la década de los sesentas, el mundo está asfixiado por la Guerra Fría, por la Guerra de Vietnam; la Revolución Cultural en la China Comunista; los ideales de la Revolución Cubana se respiran en América Latina. En México se desenvuelve el Milagro Mexicano; ocurre la Guerra Sucia; el miedo se siembra en el año del 68; la prensa se vende. La justicia no existe. Dentro de todo este panorama ideológico se desarrolla la trama de El Complot Mongol.


Trama, donde aparece Filiberto García (Damián Alcázar), un matón veterano que es contratado por su Coronel (Javier López) y el licenciado Del Valle (Eugenio Derbez), para descifrar un misterio; un complot que involucra a un puñado de chinos comunistas, el presunto plan de asesinar al presidente de los EEUU en su visita a México, la colaboración con el FBI y la KGB, el amorío con Martita (Bárbara Mori) y harto crimen citadino. ¡Pinche intriga internacional!

“La ley es una de esas cosas para aplicárselas a los jodidos…” se menciona en alguna parte de la historia… Y sí, ese diálogo podría ser algo habitualmente pensado por los cargos de justicia en nuestra actualidad, y con lo que nos podemos sentir identificados y decir: “a huevo, tiene razón”. Es ese tono burlesco y enviciado, el que arrebata la atención de los espectadores ocasionando reacciones incontenidas por toda la sala de cine.

Y lo interesante de esta película no sólo es el guión y el apego de éste hacia la novela, sino su atractiva ambientación y fotografía (donde se percibe una esencia detectivesca, de misterio) colmada por luces verdes y rojas. “Como un cubo de Rubik; asignar a cada personaje un color e ir combinando los tonos”, mencionó Sebastián del Amo en la conferencia póstuma a la función de prensa.


Ahora, ¿qué tan bueno resultó ser el reparto de esta película? Ahí arriba mencioné a Javier López (sí, Chabelo), Eugenio Derbez y Bárbara Mori. Cada cual sujetado a sus ya conocidas interpretaciones (en la televisión, en el cine cómico hollywoodense o en telenovelas mexicanas). Sin embargo, en este largometraje los actores abandonan su zona de confort; se despiden de aquellos personajes en los que han sido encasillados. Demuestran que pueden alterar su aspecto y asumir diversos roles protagónicos, siempre y cuando el director tenga una visión precisa del largometraje.

Con una composición sonora que nos conduce por un thriller, un paseo por el Barrio Chino o por Santa María la Ribera, un atinado diseño de producción y la fragmentación de la cuarta pared, son las maniobras que convierten a El Complot Mongol en una cinta que recrea una parodia nacional e involucra al caduco sistema del Estado mexicano reflejado en la sociedad actual y la del siglo XX.

Porque como bien lo menciona el actor Roberto Sosa en su papel de El Licenciado: “en México no importan las leyes, importan los cuates. Y para “cuatificar” no necesitas ir a la escuela, los cuates se hacen en la cantina…” Y nos reímos porque es verdad ¡Pinche gobierno!

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lunes, 3 de septiembre de 2018

Ana y Bruno: Cine Mexicano en Ascenso | Reseña

septiembre 03, 2018 0


Por Diego Rodmor.

Hacer animación en México es una tarea complicada. Antes de llegar a las grandes cadenas de cine, los proyectos enfrentan una infinidad de obstáculos durante su proceso de creación. Al llegar, la competencia que tienen con otras producciones extranjeras es en la mayoría de las ocasiones despiadada. La industria se ha visto inmersa en un círculo vicioso donde afortunadamente siguen existiendo entusiastas dispuestos a abrir nuevos caminos para romper este tipo de maldiciones. 

Me es grato decir que las cosas han cambiado dentro del cine mexicano. Durante los últimos años hemos sido testigos de varios proyectos que sin ningún problema podrían competir con otros trabajos internacionales e incluso superarlos. No sólo ha mejorado la calidad técnica de nuestros filmes sino también sus contenidos y se han abarcado más géneros dándole un respiro a una industria que se sentía repetitiva. 

Ana y Bruno llega en un momento oportuno y al igual que otros filmes animados nacionales tiene todo para cautivar al público mexicano. Su director Carlos Carrera, quien años atrás nos trajo filmes como Un Embrujo o El Crimen del Padre Amaro, no sucumbió ante las presiones propias del cine comercial y nos presenta un filme de autor, que aunque es para el público infantil cuenta con un melancólico y oscuro relato que podrá disfrutar el público en general. 


Ana llega junto con su madre a una casa de descanso y su padre promete regresar por ellas en unos días. Pronto conocerá a Bruno, un extraño ser que habita en el lugar y que vive junto con otros peculiares personajes. Ana no tardará en darse cuenta de que aquel lugar es en realidad un hospital psiquiátrico y que existe un ente maligno que quiere lastimar a su madre. Ahora Ana tendrá que viajar con sus nuevos amigos para buscar a su padre y pedirle ayuda. 

La película cuenta con un trabajo de animación que quizá no destaca tanto como el de otras cintas mexicanas del género. Sin embargo su genial historia es interesante, divertida y toca temas complicados para un público infantil de un modo brillante logrando un trabajo excepcional. 

Basándose en la novela de Daniel Emil, Carlos Carrera nos entrega un largometraje que habla sobre la soledad, la muerte y la depresión apoyándose en un relato que recuerda un poco a Coraline y La Puerta Secreta por el tono que presenta. 

El gran logro de la cinta que dirige el otrora director de Backyard: El Traspatio, es la forma en la que va presentando cada uno de los elementos que conforman su historia, manteniendo un interés en el espectador para que poco a poco vaya atando cabos. Los personajes son simpáticos, la presencia del monstruoso antagonista resulta imponente, hay momentos enternecedores, secuencias desgarradoras, giros argumentales que aunque se ven venir logran generar cierto impacto. Una conmovedora aventura que genera su propia identidad a través de personajes profundos y emotivas situaciones. 


Creando una atmósfera que al parecer se ubica en los cincuenta. La película presenta a varios personajes con diseños atractivos y que además tienen sus propios conflictos creando deliciosas subtramas dentro del relato. Ana se verá obligada a viajar para salvar a su madre viviendo así una aventura en la que estará acompañada por estos divertidos seres y en la que conocerá a otros personajes que la ayudarán en su misión. 

Damián Alcázar, Marina de Tavira, Silverio Palacios, Héctor Bonilla, Regina Orozco y Mauricio Isaac son algunos de los actores que prestan su voz para darle forma a este filme de animación que tardó en cocinarse más de diez años. Resulta satisfactorio saber que la espera valió la pena y que la película le da aún más fuerza a una industria cinematográfica que va en ascenso. 

Carlos Carrera presenta con Ana y Bruno, un trabajo arriesgado e inteligente que destaca por su tono, por su identidad, por las sensaciones que logra generar. Una película que disfrutarán chicos y grandes, un gran paso para la animación mexicana y un proyecto que reitera la calidad de una filmografía nacional que durante los últimos años se ha sentido bastante fresca.

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